Egipto

Egipto


Todo entorno, contexto, situación… tiende a variar con el tiempo, en relación a cómo lo hemos vivido. Los recuerdos funcionan en base a una emoción que sentimos en aquel momento. De esa manera, permanecen en nuestra memoria. También me interesa pensar desde dónde hemos llegado hasta ahí, qué situaciones previas hemos atravesado y cómo hemos resuelto cada cruce, pérdida o supuesto fracaso. A través del dolor aprenderemos y elegiremos qué experiencia queremos repetir y cómo atravesarla. Cuando pase el tiempo, lo recordaremos de una forma muy concreta y genuina. Tanto es así, que si no fuera por la fotografía, me resultaría complicado poder contar lo que pude ver en El Cairo. Este es un lugar al que puedes acudir para buscar, para seguir caminando o porque quieres baldosas amarillas. Por ejemplo, podemos convertirnos fácilmente en víctimas siendo turistas, llevando unas preciosas persianas de ojo, igual que los caballos a los que montan en carritos, para recorrer las pirámides bajo el sol. Evitamos que se asuste tanto el turista como el caballo, concentrándolos en el camino que tienen delante. El turista no pisa las calles, no camina por la ciudad, no se ensucia ni pasa sed, aunque tampoco prueba la comida autóctona. Es llevado de la mano desde el hotel al autobús que llega al museo. De aquí es devuelto al autobús, que le depositará después a salvo en su hotel. En mi opinión, si no te pierdes recorriendo las calles, nunca estuviste ahí. Tan solo pasaste por la tienda de souvenirs del aeropuerto.

Es importante notar a qué velocidad se mueve la vida, tanto en los mercados como en las terrazas, escuchar a qué suena el silencio de un espacio y ver cómo huele tu pelo cuando llega la noche, después de haber estado caminando sin rumbo durante horas. Así es como he visitado El Cairo y así es como lo he fotografiado.

Hay un lugar muy especial situado en las afueras, Manshiyat Naser. Se trata de un gueto fundado para almacenar basura desde 1976. Aquí, unos 60000 habitantes viven rodeados de basura, ya que también es su forma de vida. Ellos son los que se encargan de almacenar, separar y reciclar. Un barrio lleno de vida entre miseria. Paseando, puedes encontrar a una cabra que descansa plácidamente, sobre sacos bien mullidos, llenos de plástico apelmazado, con latas de cerveza y paquetes de patatas. Cerca, está su dueña sentada en el suelo, clasificando toneladas de desechos que tiene alrededor. Parece posible que desaparezca nadando entre tantos desperdicios.

En la calle siguiente hay un camión repleto de sacos enormes. Con poleas y mucho esfuerzo, van subiéndolos al segundo piso de un edificio que está en frente. Mientras contemplo toda esta realidad mórbida, intento fotografiar sin que nadie pueda sentirse expuesto o exhibido. Pienso que, si mi intención está basada en el respeto, esto se percibirá. Por otro lado, esta preocupación puede pasar a otro plano de atención cuando se acerque el policía. Es posible que me multe y me obligue a borrar todo mi trabajo, ya que está prohibido obtener imágenes de este lugar. Por suerte he conseguido esquivarlo. Debe de ser un sitio muy interesante, que quieren conservar intacto, sin ser perturbado por el ojo del turista, que interrumpe. Y sin el visitante que termina intoxicando al animal, alimentándolo en exceso. Debe de ser así, ya que ni el taxista, ni el Uber, ni el autobús te permiten llegar. Hay que hacerlo andando y en silencio bajo el sol.